
“Steve es cocinero, administrador, ideólogo y regente del Steve’s Restaurant, en Orange Street, Brooklyn, espacio que funciona como una especie de laboratorio de ideas. Polly, su mujer, sirve y limpia las mesas. En origen era un tugurio y, estéticamente, lo sigue siendo, pero con el tiempo ha ido ganando fama y hoy por hoy hay lista de espera de hasta 3 y 4 meses para encargar mesa. Es habitual ver a Steve, corpulento y barrigón, entre los fogones, con un abrigo de astracán casi hasta los pies que cubre sólo unos calzoncillos, dando voces a ninguna parte en tanto los clientes aguardan. Ni hay carta de platos ni se puede pedir. El cliente se sienta en una mesa de mantel de cuadros con unas vinagreras en el centro, sal, pimienta y una lamparita, y los platos van llegando. Los que más se sirven, según el humor de Steve, son: fotografías polaroid hechas furtivamente al cliente a través de un agujero practicado en la pared de la cocina, fritas y rebozadas en huevo, de tal manera que al retirar ese huevo aparecen los objetos y los rostros transformados. Otro muy servido son cables eléctricos, de los clásicos tres colores (positivo, negativo y tierra), sumergidos en aceite con ajo del Líbano. Otro es libro de bolsillo en almíbar, que se presenta enroscado como un tubo dentro de un frasco, sumergido en el almíbar, donde el azúcar se adhiere sólo a la tinta de las letras para después cristalizar en relieves. Y por último, capaccio de hojas de obra literaria maceradas a la pimienta, que pueden ser, según lo que Steve encuentre en el mercado de segunda mano: 1) On the Road de un tal Kerouac, o 2) la Constitución de los Estados Unidos de América, o 3) Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. También, ahora está ensayando CDs vírgenes al horno, que se arrugan y ampollan como una oreja de cerdo chamuscada, y se los sirve a los musulmanes que, por representación simbólica del mal, quieran entrar exorcizados de una vez por todas al siglo 21. Todos los platos los presenta el propio Steve, que sale de la cocina con ellos en alto, a grito pelado. Unos acuden por contemplar lo que, aseguran, es una maravilla de la cocina teórica; otros, los más, por simple curiosidad, y no vuelven; y un grupo más reducido por considerar que allí se realizan obras de arte en tiempo real(…)”